Al otro lado de la carretera de doble sentido había un pequeño parque, rodeado, por un lado, por una escuela y, por otro, por un campo donde pastaban las vacas. Había unos cuantos arbolitos y un arenero, un tobogán, un laberinto de barras y uno de esos carruseles a los que había que empujar. Un anticuado patio de juegos. Por supuesto, también había columpios, que era lo único que se estaba utilizando en este momento.
Una pequeña familia aprovechaba la creciente frescura del aire nocturno. El padre tenía el cabello obscuro, las sienes encarnecidas, y la madre parecía mucho más joven. Se había retomado el pelo cobrizo en una cola de caballo que se balanceaba cada vez que se movía. Tenían un hijo pequeño, no mayor de un año. El padre empujaba al niño en el columpio mientras la madre esperaba adelante, inclinándose para besarle la frente cuando se acercaba a ella, haciéndolo reír tanto que su carita regordeta se sonrojaba. Esto la hacía reír a ella, ya que podía ver las sacudidas de su cuerpo y el bailoteo de su pelo.
_¿Qué estás mirando, Wanda?
La pregunta de Jared no mostraba alarma, porque yo sonreía con suavidad ante la asombrosa escena.
_Algo que no he visto jamás en todas mis vidas. Estoy mirando...
LA ESPERANZA
Huésped. Stephenie Meyer.

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