- - Sinceramente no. Pero ahora que lo
pienso, si las casas eran algo así como tu memoria, porque parte de mi memoria
no eran, bah por lo menos yo no vi nada que me llamara la atención o me trajera
algún recuerdo, entonces puede ser que quizás el laberinto haya sido mi memoria
o parte de ella. Por eso yo veía familiares, amigos, gente que yo conocía.
- -Si lo vemos desde ese punto de vista,
puede ser.
- - Pero hay algo más que me llama la
atención. En ambas memorias, tanto la tuya como la mía explotan vidrios. Los
vidrios de las casas volaron en mil pedazos y cuando yo estuve en el laberinto
había espejos que también se rompían. ¿Tendrá algo que ver?
-
- Ahora que decís lo de los espejos rotos… Ayer cuando estuvimos los dos en el laberinto, esa cosa que imaginaste rompió todos los espejos y se hacía llamar “aceptación”. Y después decías que mis memorias eran retorcidas jajaja.
- Ahora que decís lo de los espejos rotos… Ayer cuando estuvimos los dos en el laberinto, esa cosa que imaginaste rompió todos los espejos y se hacía llamar “aceptación”. Y después decías que mis memorias eran retorcidas jajaja.
-
- Bueno che, que se yo, no entiendo nada. ¿”Aceptación”? ¿Aceptación de qué?
- Bueno che, que se yo, no entiendo nada. ¿”Aceptación”? ¿Aceptación de qué?
- - No sé, hablaba de que despiertes eso
quedó claro, cómo si fuese un sueño, como si ya muchas veces lo hubieras
soñado.
- - Sí, pero no lo es. En eso estamos de
acuerdo ¿o no?
Ciro estaba a punto de responder cuando un nuevo
sonido ensordecedor los sobresaltó
- ¿Qu… qué fue eso?- preguntó Alma asustada.
- No estoy seguro, pero espero que no sean más maquinarias extrañas, ni laberintos enormes y ese tipo de cosas.
El mismo sonido se repitió. Ambos miraron hacia el cielo. Nubes, inmensas y gigantescas nubes acechaban su paraíso natural. No habían pasado ni 30 segundos cuando una lluvia torrencial comenzó a caer sobre ellos.
Ambos se miraron y rieron, después de todo no era algo tan extraño, solo una simple e inofensiva lluvia.
Alma la amaba, otra vez era el agua lo que le transmitía la paz, esa que tanto buscaba siempre y que nunca hallaba. Así que sin dudarlo comenzó a girar y girar sobre si misma con los brazos extendidos como las alas de un avión y la cabeza apuntando al cielo. Estaba feliz.
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