Cuenta la leyenda que un día cualquiera
Comenzó a soñar, sin importar el qué dirán ni sus limitaciones.
Comenzó a proyectar sin pensar en un mañana certero pero sí pensando en un presente vivo.
Comenzó a sentir y disfrutar los placeres de la vida, los más mínimos y, a la vez, maravillosos.
Comenzó a vivir la vida de una manera distinta, incomprendida para muchos y compartida con otros.
Se dio cuenta de
Que las oportunidades que se nos presenten hay que aprovecharlas al máximo.
Que cada momento es único y no tendrá repetición.
Que el tiempo vuela pero que deja su huella y un recuerdo único en el corazón.
Que cada etapa tiene un comienzo y un final y no por eso hay que preocuparse porque siempre dejarán algo en nosotros.
Que los amigos se cuentan con los dedos de una mano, y los verdaderos prevalecen más allá del tiempo y la distancia.
Entendió
Que no todos somos iguales y que en esta vida nadie es mejor que nadie.
Que lo que uno se lleva al final del camino es lo que dio de corazón.
Que hacer lo que uno desea más allá de las críticas y de quienes se opongan es un gran acto de valentía y de valoración a uno mismo.
Que más allá de las nubes el cielo siempre es azul.
Aprendió
Que el arma más poderosa es la sonrisa.
Que por más que cayera mil veces debería volver a levantarse porque siempre hay algo por lo que pelear y seguir adelante.
Que no todo lo que brilla es oro y que muchas veces vamos a creer y nos van a decepcionar pero no por eso tenemos que vivir con miedo de confiar.
Que lo que no te mata te fortalece y te prepara para que en la próxima caída no te lastimes tanto.
Que en esta vida: todo pasa, todo llega y todo vuelve.
Elaboró su propia filosofía de vida: Ir por el camino con una sonrisa. Arriesgarse por lo que uno desea, pelear con todas sus fuerzas y levantarse todas las veces que sean necesarias.
A.D.L