Se subió a la cama y se sentó a mi lado. Mi corazón latía desbocado. Con un poco de suerte, él lo interpretaría como una reacción ante su regalo.
-Es un objeto usado- me recordó en tono serio. Me apartó la muñeca izquierda de la pierna y acarició la pulsera de plata por un instante. Después volvió a ponerme el brazo donde lo tenía.Examiné con atención el obsequio. De la cadena, en el lado opuesto al lobo, colgaba un cristal brillante en forma de corazón, tallado en innumerables caras que resplandecían a la tenue luz de la lámpara. Contuve el aliento.
-Era de mi madre-, se encogió de hombros con descuido-. Heredé de ella un puñado de baratijas como ésta. Ya les he regalado unas cuantas a Esme y a Alice, así que, como ves, no tiene tanta importancia.
Sonreí con tristeza al ver su aplomo. Edward prosiguió:
-Aún así se me ha ocurrido que puedría ser un buen símbolo. Duro y frío-se rió-. Y a la luz del sol se ve el arco iris.
-Olvidas que se te parece en algo mucho más importante-murmuré-. Es precioso.
-Mi corazón es igual de silencioso que este-dijo-. Y también es tuyo.
Giré la muéca para que el cristal brillara bajo la luz.
-Gracias. Por los dos.
Eclipse.-Compromiso.
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