Angustia es la principal sensación, cuando sentís esa opresión en el pecho, ese frío y ese nudo en la garganta que te hacen doler hasta el corazón. El miedo también está ahí acechando, esperando una simple falla, un simple error para apoderarse de vos.
Y sentís que poco a poco todo empieza a desmoronarse, todo lo que percibías va cayendo, y quizás alguien te pregunta: -¿Estás bien? Y con tu último milímetro de fuerza y resistencia esbozás una leve sonrisa y respondés: -Sí, si todo bien; y seguís caminando. Pero en algún momento caés, y todo, absolutamente todo se te viene encima. Lo que venías aguantando, lo que venías guardando, aquello que no querías ver, que no querías que nadie se entere, que no querías creer. Eso mismo te cae como un balde de agua fría dejándote sin aliento.
Y te retorcés (sí, creo que esa es la palabra justa). Te morís de dolor, duele tanto que ni siquiera podés respirar, ni hablar, ni pedir ayuda. Sólo temblás y sentis como te destrozás por dentro. Es un dolor intenso, que no se compara con uno físico, es cuando te duele el alma. Y no podés hacer nada y nadie puede, salvo esas palabras de aliento y esos abrazos que te quitan un poco de tu continua soledad y te incitan a seguir.
Luego te reponés y seguís adelante cómo debe ser, y como uno lo elige. Pero en el recuerdo aunque sea en el rincón más recóndito de uno mismo, esos momento quedan marcados por siempre.
A.D.L

No hay comentarios:
Publicar un comentario